La Cerámica…, Materia sensorial.

Por: javier bernalte. Arquitecto www.bernalteleon.com

Decía José Quetglás, en un artículo para la revista Arquitectura, que cada vez le aburrían más las disquisiciones teóricas de los críticos acerca de las arquitecturas de otros, y que sólo le interesaban las palabras del propio arquitecto sobre su obra. Con el paso de los años me está pasando lo mismo…, cada vez me interesa menos la retórica sobre ‘los otros’ y más lo que cuentan estos sobre su propia experiencia.

Refugio en la Entresierra. Fotografía: Ángel Baltanas

Por eso, para quien sienta la misma curiosidad va este relato, sobre una experiencia vivida hace tiempo, que nos haría replantearnos muchas cosas.

Una fría tarde de invierno, hace ya algunos años, Rafael Moneo impartía una conferencia sobre su obra en el Aula Magna de la Biblioteca Universitaria de Ciudad Real. Éramos pocos en la sala, pero el ambiente era cálido y se notaba cierta cercanía en el tono expositivo. En un momento dado, explicando el porqué de la elección de un material, en un contexto determinado, subió el tono y golpeó con sus nudillos el recio tablero de pino de la mesa, como si golpeara el Sitio, para escuchar su eco: ‘¡Suena a piedra…!’ y añadió, ‘¡…y creo que cualquier otro material, no resultaría adecuado!’. Se refería al Ayuntamiento de Murcia, encargo que recibiría con posterioridad al concurso ganado antes por Alberto Noguerol con un edificio de raíz cristalina.

El oído de Moneo para escucharlas bajas frecuencias del Sitio casi nunca le falló, si acaso la última hora…, y quizá descentrado por ese murmullo colectivo, teñido de hipocresía, que nos ha acompañado estas últimas décadas.

En aquellos días, teníamos sobre la mesa del estudio uno de esos encargos ‘ficticios’ de un amigo, sin prisa ni dinero, que casi siempre acompañan al arquitecto. Se trataba de un pequeño refugio en un espléndido paraje- La Entresierra- a escasos kilómetros de la ciudad, desde el que se dominaban las primeras estribaciones de los Montes de Toledo.

La escasez presupuestaria -¡barrera infranqueable: 60.000 €!-, y la lógica ambición programática derivada de la ilusión, -gran estar con hogar, cocina, dos estancias privativas para dormir y trabajar, aseo, porche, piscina…- nunca fueron enfrentados por unos torpes arquitectos cegados por la idealización poética del Sitio.

Creíamos que bastaba con ‘poner la silla’, como hizo Coderch en la Casa Ugalde, y limitarnos a contemplar desde allí, las maravillosas puestas de sol bajo la sombra de una solitaria encina.

Pero no fue así…, nuestra ceguera de arquitectos nos hacía buscar reiteradamente más Arquitectura que la requerida por las estrictas circunstancias…, y por ello, cada vez que el proyecto parecía encontrar su medida, la tozuda realidad lo desmoronaba, despertándonos del sueño. Ya cansados…, recuerdo que un día en el estudio, soltamos una servilleta a una joven arquitecta –recién titulada-, que nos miraba con asombro al ver tanto empeño para tan pequeño fin.

‘¡Ahí lo tienes…, no se puede hacer mucha más, con menos! ¿No ves que nos están pidiendo un refugio de Hoy como los de Siempre? ¡Hagámoslo…!’

Dicho y hecho. La servilleta contenía implícitos, tras el trazo grueso del rotulador, todos los caracteres constructivos asociados al empleo de un material –la cerámica-, tan arraigado en la memoria colectiva, que nos permitiría con tan sólo cuatro planos, entendernos con la mirada, con todo aquél que intervenía en la obra.

Refugio en la Entresierra. Fotografía: Ángel Baltanas

Parece mentira que tardáramos tanto en descubrir la necesidad de interrogar al Sitio, golpeando con los nudillos, la arcilla roja de aquella ladera, parece encontrar allí respuesta a tanto desvarío. ‘¿No veis que suena a cerámica…, a barro cocido, a la tierra que estáis pisando…?’

A partir de este momento, en su compañía, todo resultó más fácil. La cerámica introdujo en el proyecto la disciplina necesaria para responder a circunstancias tan estrictas. La escasez económica halló refugio en la docilidad constructiva de sus fábricas, trabas, tramas y aparejos. Todo era posible con el mínimo esfuerzo; los procesos de la obra resultaban tan naturales que parecían querer prescindir del arquitecto. ¡La cerámica entró de lleno en el proyecto, para quedarse, para abrigar el espacio…, para recibir y acomodar la luz…, y resistir sin rechistar los envites del tiempo!

Todos los elementos configuradores del espacio, encontraban su razón constructiva en las piezas cerámicas, en la forma y dimensiones de cada una –los muros, en el ladrillo macizo; el suelo, en la baldosa de barro; el techo, en los rasillones; y la cubierta, en la teja- permitiéndonos desde una posición distante, tan sólo observar, como el refugio se alzaba en silencio, con la lógica inherente a la disciplina del material y el sentido común de sus uniones.

La cerámica nos dio una lección que jamás olvidaremos…, pues desde su escueta presencia, el ladrillo, la baldosa, los rasillones o la teja, despertaron en nuestra conciencia un universo de matices sensitivos que hasta entonces no estábamos perdiendo.

La obra transmitía en ese aroma natural que se percibe cuando hay oficio, y el arquitecto se desprende de sí mismo. La cubierta, depositada a media ladera, encontró fácil acomodo, entre las arcillas rojas del lugar…, ¡Parecía haber estado allí siempre! Los gruesos muros de cal, impermeable, traslucían su poder calorífico al tacto…, sobre todo, cuando el sol los acariciaba. La leve ranuración de las rasillas cerámicas en el techo, parecía querer reglar la luz, difuminándola en gradientes imposibles, hasta la más suave penumbra. La natural aspereza destonificada del barro cocido, quedaba a la espera del tiempo para terminar acerándose como una piel bien nutrida.

Refugio en la Entresierra. Fotografía: Ángel Baltanas

Todas estas sensaciones, presagio de intensas experiencias vitales, se manifestaban cada vez que visitábamos la obra. Era como si aquél pequeño espacio nos quisiera retener… ‘¡Qué bien se está aquí!’, comentábamos a menudo. Estábamos descubriendo, por nosotros mismos, las innumerables cualidades hápticas de la cerámica como material sensorial, aprendiendo de su tactilidad, como los niños de Montessori, en aquellos jardines de infancia de principios del XX.
¡Realmente…, no esperábamos tanto de tan poco! Y todo gracias, en gran medida, a una afortunada decisión inicial en cuanto a la elección del material, que nos hace reflexionar sobre su importancia germinal en los procesos de proyecto. Si el material entra con naturalidad en el proyecto en el momento oportuno, todo resulta más fácil; las preguntas complejas, encuentran respuestas sencillas…, el detalle constructivo se simplifica, agradeciéndolo la obra y evitándose así excesos innecesarios, que se amplifican cuando se pervierte su razón de ser.
Me cuesta entender por qué un material como la cerámica, tras más de 5.000 años, fiel a formatos basados en una fácil prendibilidad y en las leyes básicas de estabilidad, traba, aparejo y concertado, necesite travestirse de modernidad, refutando su condición y asumiendo nuevos caracteres, de tamaño y forma, que no le corresponden. ¡Parece como si hoy, la cerámica, sintiese complejos de sí misma y hubiese sido condenada al precipicio de la reinvención…! Da la impresión, a veces, que también quiere sumarse a esta ostentosa fiesta, a este carnaval perverso, donde los materiales renuncian a su propia naturaleza, como queriendo ser otros.

Refugio en la Entresierra. Fotografía: Ángel Baltanas

Hace más de 4.000 años, en Mesopotamia, no cabía esta ambigüedad existencial, y sin embargo, construyeron el imponente Zigurat de Ur, como una montaña concertada de pequeñas piezas de adobe secadas al sol. Para entonces el ladrillo ya se armaba con cáscara de arroz o paja, e incluso a veces, se cocía en hornos llegando hasta la vitrificación. Al comienzo de la era moderna, en el Imperio Romano -2.000 años atrás-, las fábricas cerámicas prensaban la toba procedente de la Toscana italiana, dando lugar a fábricas mixtas, donde el ladrillo era revestimiento a la vez que encofrado colaborante de la toba aglomerada, antesala tecnológica del hormigón. A finales del XIX, aparece en Inglaterra el Cávity Wall, sistema que permite desdoblar el muro en dos hojas separadas con una cámara de aire; la interior gruesa y portante, aprovecha la inercia térmica de la cerámica, mientras que la exterior, fina y delgada, sirve de protección y barrera frente a los agentes atmosféricos, quedando ambas atadas por llaves metálicas que permiten aumentar la capacidad resistente de las fábricas, a flexión y tracción, en situaciones extremas…
Está claro que la técnica ha ido evolucionando, decantando las experiencias del tiempo, pero a lo largo de la historia la pieza que sustenta se ha mantenido fiel a sus orígenes. ¡Por algo será! ¿No será que en la cultura actual se han instalado valores que trascienden la propia arquitectura y nos hacen ver, con demasiada frecuencia, el mundo al revés? Espero que los tiempos muertos de esta aguda crisis que soportamos impulsen una profunda reflexión que nos haga replantearnos muchas cosas. Entre ellas, que nos libere de tantos complejos estentóreos derivados de la obsesiva búsqueda de la forma por la forma, posibilitando que el material –en este caso la cerámica- recupere su identidad sin necesidad de sobreexponerse a tanto salto en el vacío.
Cuando el material muestra su verdadera naturaleza, la Arquitectura lo agradece, nos equivocamos menos…, y mejoran las sensaciones que el usuario tiene del espacio, al habitarlo. No debemos renunciar a la experimentación; es más, creo en ella firmemente como estímulo saludable y necesario, sin el que la Arquitectura estaría muerta. Pero pienso que sentir la continua necesidad de reinventarse todos los días, es un error que la arruina en la misma medida.
No olvidemos que muchas veces, la Arquitectura se presenta sin llamar.
Sirva esta experiencia como testimonio de ello…

Javier Bernalte. Doctor Arquitecto por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid (ETSAM). Desde el año 1999 comparte estudio junto a José Luis León bajo la firma ‘Bernalte León’. Cuya trayectoria profesional ha sido merecedora de numerosos reconocimientos. Ha desempeñado actividades docentes como profesor del Departamento de Proyectos y Construcción de la ETSAM y en la actualidad es profesor de proyectos en las escuelas de arquitectura de la Universidad Internacional de Cataluña y de la Universidad de Castilla-La Mancha. Durante los últimos años ha colaborado activamente con las Cátedras Cerámicas de Madrid, Valencia y Barcelona.

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2 pensamientos en “La Cerámica…, Materia sensorial.

  1. Juan Manuel mr dice:

    Magnífico artículo!!!
    Enhorabuena Javier Bernalde!!

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