La luz humana

Por: Luis Martínez Santa-María. Arquitecto.

Si el hombre ha nacido para hablar con las estrellas, tal y como decía el gran arquitecto Eladio Dieste, durante el día es la luz la que, como si fuese una mágica escala, le permite dirigirse hacia lo alto. Llevamos al libro, a la carta, al amigo, a la enamorada, al bebé, hacia la luz, al encuentro con un rayo que asciende misteriosamente desde nuestra habitación hasta el cielo. El hombre va hacia la luz porque él se siente luz. El es también, como el mismo universo, un leño que arde. Es lo que puedo decirte como arquitecto. Que creo antes en la luz del hombre que en la luz de la arquitectura.

Pero la relación del hombre con la luz está lejos de ser un acontecimiento evidente. Si nos
imaginamos un interior cualquiera, no es necesario que los hombres rocen el rayo de luz. Es suficiente el ámbito que esa luz produce. Uno se baña de luz en la habitación permaneciendo en la sombra igual que los niños se bañan en el mar permaneciendo en la orilla mientras realizan castillos de arena junto a sus padres. Me gusta que en nuestra lengua se confunda la luz natural con la luz estructural, la luz natural con ese salto que cualquier construcción realiza al hacer posible el milagro de un techo. Y es que, en verdad, la luz no es la del rayo, ni la de la ventana o la del lucernario, sino la de la claridad del ámbito donde se ha construido un pensamiento: la arquitectura.

La luz supone un descentramiento de las habitaciones. El rayo de luz que irrumpe en la
atmósfera centrada del Panteón de Roma no cae sobre la baldosa circular de mármol situada justo en el centro de la circunferencia de la planta. El curso de la luz establece un choque impredecible con la armazón ideal del edificio. En las partes tocadas por el rayo de luz se diría que tiene lugar una intersección entre la realidad cósmica, que pertenece a la luz, y el sueño humano, que pertenece a la obra. Y allí, el rayo de luz, al privilegiar un casetón de la cúpula esférica o el humilde tambor de aquella columna, advierte sobre la tendencia, la potencialidad, que todo lugar tiene para llegar a ser un recinto sobre el que se fija un esplendor inesperado, un privilegio. La luz se adelanta así a lo que cualquier ocupación humana, si bien con medios más tortuosos, aspira a conseguir: señalar la trascendencia del lugar donde se desarrolla la vida.

Gerrit van Honthorst.

He leído que algunos pintores como Botticelli, para pintar la piel, repartían sobre el lienzo una base previa de color llena de luz. El hecho de ser arquitectos no puede impedirnos recordar que mucho antes que el arquitrabe o el peristilo, antes que la columna o el pódium, antes que cualquier magnífica habitación, fue el cuerpo humano el gran portador de luz. Existe una luz que sale desde dentro del hombre, es el brillo de los ojos, el sonrojo de las mejillas, los sutiles reflejos que se producen en el pelo o en el marfil de los dientes. También es la luz de su integridad física, de su alegría. Presentimos que nos interesan y nos imantan esas antorchas encendidas que reconocemos en los hombres irradiantes. Y yo me atrevo a decir que el deseo que manifestamos continuamente por el otro, por los otros, es deseo de arrebatarles su luz, de que nos inunde su luz. Y creo también que la arquitectura, como arte nacido para ofrecer el mejor sitio posible al misterioso acontecimiento humano, está obligada a ser un eco de la luz que esos hombres verdaderos llevan encendida. Si me permites que construya una imagen te diría que la arquitectura tiene el deber de custodiar ese flamígero que los pintores primitivos
representaron encima de las cabezas de las figuras religiosas. Habrá quien piense que exagero, pero no te creas que exagero.

No deseo confundir el sentido figurado de la luz –la luz humana o la luz de la verdad- con la luz como agente físico que hace visible los objetos. Pero me parece que es imposible
acercarse a una explicación satisfactoria de la luz sin reconocer, como unos de sus más
importantes atributos, su energía metafórica: una capacidad de transfiguración que nos hace confundir permanentemente la luz de los hombres o de las materias con la luz solar. Se trata de una confusión que se asienta sobre intuiciones y convicciones inviolables. Si te fijas, cuando se dibuja el sol por primera vez, generación tras generación, y sin que medie un manual que así lo imponga, se dibuja un rostro sonriente. En la religión cristiana los creyentes se arrodillan cuando el sacerdote alza ante ellos la sagrada forma circular, símbolo intangible del mismo dios solar que sus antecesores adoraron durante siglos. Tantas y tan variadas interpolaciones de la luz en nuestra experiencia no hacen sino aclarar cuánto la luz ha significado y sigue significando para nosotros.

El lugar de la luz, como señala con la belleza de su claroscuro el peristilo del templo clásico, es el umbral. Allí, la manifestación del esplendor de la luz advierte sobre el acontecimiento que supone la aparición, ante un espacio abierto e indefinido, de una primera habitación. Los cuarterones de las puertas rústicas o las terminaciones de las puertas mudéjares revestidas con finas planchas de hojalata, insisten en esta fibra de luz que se concreta alrededor del umbral. Porque en el umbral la luz por primera vez se materializa. Allí por primera vez tienes la sensación de que podrías tocar la luz, de que la luz tiene cuerpo y tiene peso. La luz se ha hecho un cuarterón o una columna. Porque igual que el fuego prende en la madera, la luz prende en el umbral que le concede la arquitectura. Y aun más: en ese umbral tienes la sensación de que la luz te reconoce. Allí confesarías que te sientes orgulloso de una luz que te brinda imágenes profundamente tuyas.

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Hay un dibujo de Heinrich Tessenow que me parece que explica muy bien este carácter
epifánico que puede llegar a adquirir la luz en los vestíbulos o entreactos. En este apacible
interior doméstico, enseguida se advierte que el tirabuzón espacial desarrollado por la escalera constituye la promesa de un segundo interior, de un interior más alto, misterioso y profundo, de un interior que parece que nunca va a tener fin. Y la maravillosa caída de una luz remota ante el mismo arranque de esta escalera, y la blancura que resbala por los taludes artificiales que forman las zancas o el pasamanos y la deriva de una luz multiplicada paso a paso, barrote tras barrote, vuelven a explicar, a quien todavía no estuviese dispuesto a admitirlo, la fabulosa coincidencia entre luz y desocultación, entre toda luz y todo ingreso.

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Un arquitecto está obligado a pensar que el sueño de un mineral no es convertirse en una
moneda o en un pisapapeles sino en llegar a formar parte de un edificio. Su sueño es que le toque la luz en un cuarto. La construcción de una habitación alumbra los materiales. No
cambia la naturaleza de los materiales, como muchos arquitectos querrían. Lo subterráneo no se vuelve aéreo, lo pesado no se vuelve ligero, lo opaco no se vuelve transparente, lo
desconocido no se vuelve conocido, lo barato no se vuelve caro. Lo subterráneo, lo pesado, lo opaco, lo desconocido, lo barato, se iluminan. Cambia el significado de los materiales. Porque la arquitectura, como construcción, no consiste en el apilamiento o exhibición de los materiales sino en el exquisito camino que se hace necesario emprender para hacerlos visibles y significantes. Cuando era niño recuerdo el poder que de repente cobraba al tener en mi mano una linterna de la que brotaba un haz de luz, un haz que entraba en las entrañas de un atemorizador jardín nocturno que se encontraba junto a mi casa, en Málaga. Recuerdo también el poder que le asignaba a mi padre cuando ponía las luces largas en la carretera. Una obra hace algo parecido: difunde una luz, realiza un rescate, una emancipación inesperada.

Yo creo que en mis obras no hay una preocupación explícita por la luz. He pensado siempre que la luz se produciría, por añadidura, si la obra llegaba a constituir –lo que no siempre se consigue- un sensible y original acto de reflexión sobre el hombre, ese ser luminoso del que te hablaba antes. La luz sería el premio que la arquitectura recibiría. La luz brillaría sobre ella como brilla una medalla de oro sobre un vencedor. A la arquitectura le pertenece la luz porque la arquitectura ha vencido. Porque hacer de la construcción un arte es vencer. Por eso es imposible sobornar a la luz o llamarla a capítulo. La luz no es un sueldo, es un premio. Mira las obras escaparatistas que llenan las publicaciones. Tienen todo, desde luego, pero desconocen esa presión de la luz.

He escrito algunos textos sobre la luz. En el libro Intersecciones me atrevía a contrariar a Le Corbusier. Decía que la arquitectura no era el juego magnifico de los volúmenes bajo la luz, sino que, en un movimiento inverso, era la luz la que salía desde la arquitectura. Imagino que a estas alturas mis improbables lectores habrán perdonado aquel gesto juvenil que se atrevía a contradecir a un arquitecto tan grande. Pero entonces quería insistir en la profunda correspondencia que existe entre el mérito de una obra y el de su capacidad de luz, y en la imposibilidad de distinguir entre la luz entrante que viene del sol y la luz que sale desde cada una de las piedras de una obra de arquitectura. En un libro posterior, El libro de los cuartos, dediqué un capítulo a la luz titulado “El cuarto a oscuras”. Hablaba de algunas habitaciones donde se descubre una luz que no es obvia. Decía que la privación de luz supone para cualquier hombre un castigo mayor que el que implica la privación de espacio. Lo insoportable de un calabozo se pone de manifiesto no en sus estrictas dimensiones espaciales, sino en la severidad de su ventanuco. También recordaba la palabra cuarto oscuro como una voz radicalmente opuesta al sentido de la casa. Ninguna casa de verdad puede tener un cuarto oscuro. El cuarto oscuro está siempre afuera. Es el afuera.

En la casa podría definirse a la ventana como aquel rectángulo que observa con admiración el redondel del Sol y de la Luna. Podría decirse que la casa es ortogonal porque la luz, en su movimiento y en su complexión, tiende a la esfericidad. Y podría decirse que la casa es inmóvil ante una luz transeúnte para que se cumpla así la vieja ley de las compensaciones simbólicas, la de los intercambios que nos sustentan. La casa, que se convierte en un mundo, no es como el mundo. Casi se le opone. Es como la pizarra plana, sólida y negra sobre la que se escriben en tiza blanca bellas fórmulas de física con caracteres temblorosos. La quietud y oscuridad de la casa –nadie está en su casa con gafas de sol- celebra la dimensión espacial de la luz, celebra el largo viaje realizado por la luz desde el Sol hasta la Tierra. El deleite de la luz nos estremece en medio de lo ordinario del hogar porque sentimos el fondo excepcional que la constituye.

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Te diré para finalizar que la luz es sencilla, familiar. Se corre el riesgo de redactar un discurso alambicado sobre ella cuando es contacto, es una invitación directa al silencio, al sueño, como la que ofrece el leño que arde lentamente ante nosotros en una chimenea, el que nos recuerda lo que nosotros también somos. La luz nos hipnotiza. Así se explica el estúpido éxito que vive la televisión en tantos hogares. El hombre, ese ser luminoso, acaba detenido y embelesado, como una polilla, ante esa luz travestida, antes esa fatal trampa de luz. No es ese el camino. Tendríamos que intentar recuperar, con nuestras obras y proyectos, la luz que nos pertenece.

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