Ladrillo visto.

Por: Luis Fernández Galiano. Arquitecto.

El fuego y la geometría humanizan el barro. En el relato del Génesis, el cálido aliento divino anima la materia inerte; en la cocción del horno, el aire ardiente dota de perfil definitivo a la materia informe. Bíblico o cerámico, el tránsito de lo crudo a lo cocido es un umbral civilizatorio que insufla vida a través del calor y la forma; al cabo, la combustión y el orden son señales seguras de habitación humana. A esa gravitas mítica y arcaica, el ladrillo añade su dimensión antropológica: «pieza prismática de barro cocido que puede manejarse con una sola mano». La vieja definición de los manuales introduce el tamaño del cuerpo que manipula, y esta irrupción ergonómica del sujeto constructor humaniza un universo geométrico modulado al servicio del aparejo y la llaga: el pie de ladrillo con el que aún calibramos grosores de fachada es un residuo luminoso de un mundo que se medía con palmos y con codos porque se construía con brazos y con manos.

Ese ladrillo antrópico es también la célula prismática de las obras cerámicas, y el control dimensional de sus fábricas la prueba del rigor de su proyecto. De los muros a las bóvedas de las cubiertas, y de los pavimentos a los alicatados, la exacta modulación de ladrillos, baldosas y azulejos ha sido el papel tornasol de esa construcción húmeda que aspiraba a la precisión industrial de la ejecución en seco, reconciliando la seducción táctil de la tierra horneada con los placeres intelectuales del orden visual. Pese a este esfuerzo de redención estética y técnica, la construcción cerámica sufrió el desafecto de la modernidad doctrinaria, y elementos tan depurados como la bovedilla aligerada —que en combinación con la semivigueta producía forjados de admirable economía y facilidad de ejecución— o la teja árabe —modelada sobre el muslo del artesano, y exquisitamente versátil en su geometría solapada de canales y cobijas— se convirtieron en emblemas del atraso.

Hoy, el ladrillo se asocia a la especulación inmobiliaria y a la construcción desaforada, en un vértigo de mala prensa que ilustra juguetonamente el trabalenguas infantil «España está enladrillada, ¿quién la desenladrillará?», y con una difusión peyorativa del término que se aplica incluso a obras artísticas o literarias censurables por su excesiva extensión y escaso atractivo. Pero la explosión de la construcción residencial y la simultánea devastación del territorio se ha detenido súbitamente como consecuencia de la crisis financiera que se inició en el verano de 2007, provocada en sus orígenes por las hipotecas basura norteamericanas y que ha afectado al conjunto del sistema bancario a través de opacos mecanismos de reparto del riesgo que ni las agencias de rating ni los organismos supervisores supieron controlar, con el resultado de una crisis del sector inmobiliario que no está desenladrillando el paisaje, pero sí creando paro y frenando el crecimiento económico.

Con todo, la arquitectura tiene una relación intemporal con el ladrillo que no puede quebrantarse ni por los desplantes modernos ni por el actual desplome de prestigio: el romance con la cerámica sobrevivirá tanto en su faceta más arcaica y esencial como en los nuevos usos de ese material eterno, que transmutan lo modesto en lujoso y lo artesanal en sofisticado, reinventado el ladrillo para el siglo XXI. Los arquitectos seguirán usando la cerámica en su viaje a los orígenes y en su exploración del futuro, pero en esta conexión no faltará un elemento de dolor autoinducido vinculado a la extensión unánime de esos prismas herméticos. Como bien sabe la cándida Krazy Kat, un ladrillo es una declaración amorosa, y el arquitecto persigue la belleza con un ladrillo en la mano; pero el empeño del tenaz Ignatz Mouse tropieza siempre con la autoridad celosa de Offissa Pupp, y la sociedad enladrillada señala acusadoramente al enamorado lanzador de ladrillos.

English version.

Fire and geometry humanize mud. In the Genesis, the warm divine breath awakens lifeless matter; in the oven, burning air endows formless matter with its final shape. Biblical or ceramic, the transit from raw to fired clay is a civilizing threshold that blows life in through heat and form; after all, fire and order are sure signs of human habitation. To that mythical and archaic gravitas, brick adds its anthropological dimension: “handy-sized unit of building material”. The old manuals’ definition refers to the size of the handling body, and this ergonomic mention of the builder humanizes a geometric universe modulated at the service of assemblies and joints: the brick length with which we still measure the thickness of facades is a bright residue of a world that was measured with handspans and cubits because it was built with arms and with hands.

This anthropic brick is also the prismatic cell of the ceramic works, and the dimensional control of its fabric the proof of the rigor of its project. From walls to roofs or pavements, the exact grids of bricks, slabs and tiles have been the litmus paper of the wet construction that hoped for the precision of dry joinery, reconciling the tactile seduction of baked earth with the intellectual pleasures of visual order. In spite of this effort to attain aesthetic and technical redemption, ceramic construction suffered the indifference of doctrinarian modernity, and such refined elements as the lightened brick – which in combination with the half-joist produced floor slabs of great economy and easy construction – or the Arab tile – shaped on the craftsman’s thigh, and versatile in its overlapping geometry of valley and cover tiles – became icons of backwardness.

Today, brick is associated with the real estate boom, in a frenzy of bad press illustrated by the tongue twister “España está enladrillada, ¿quién la desenladrillará?”, and with a pejorative diffusion of the term that is used to refer even to artistic or literary works criticized for being too long and not too interesting. But the bubble of residential construction and the ensuing destruction of the environment has stopped suddenly as a consequence of the financial crisis that began in the summer of 2007, triggered by the American subprime mortgages and extended to the whole banking system through opaque risk distribution methods that neither rating agencies nor supervisors were able to control, with the result of a real estate crisis that has not been able to ‘unbrick’ the landscape, but that indeed creates unemployment and halts economic growth.

Even so, architecture has a timeless relationship with brick that neither modern neglect nor the current loss of prestige can ever break: the romance with ceramic will survive both in its most archaic and essential aspect and in the new uses of this eternal material, which turn craftsmanship into sophistication and modesty into luxury, reinventing brick for the 21st century. Architects shall continue to use brick in their journey to the origins and in their exploration of the future, but in this bond there will always be an element of self-inflicted pain. As the candid Krazy Kat knows well, a brick is a love declaration, and architects pursue beauty brick in hand; but the determination of Ignatz Mouse always stumbles upon the authority of Offissa Pupp, and the ‘bricked’ society points accusingly at the lovesick brick-thrower.

Ver publicación original de Arquitectura Viva

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